fraterno al pueblo de Dios que peregrina en nuestra querida Diócesis de Apatzingán y a quienes más allá escuchen estas palabras:
Nos dice la Palabra de Dios en el Libro de los Jueces 6,12-13:
“El Ángel del Señor se le apareció y le dijo: --El Señor está contigo, valiente guerrero. Gedeón le respondió: --Por favor, mi Señor, si el Señor está con nosotros, ¿Por qué nos pasa todo esto?¿Qué ha sido de todos esos prodigios que nos cuentan nuestros padres, cuando nos dicen que el Señor nos sacó de Egipto? Ahora nos ha abandonado y nos ha entregado en poder de Madian”.
Me parece que el sentir de Gedeón es el sentir nuestro; el sabernos abandonados a nuestra propia suerte, el sentir la impotencia ante una realidad que nos ha rebasado y que surge del caos que vivimos, este caos que se muestra en: los robos, extorciones, secuestros, asesinatos, migración forzada de familias, bloqueos de carreteras y quema de vehículos que conducen a una situación decadente. Esta inseguridad y violencia que azota nuestra Diócesis de Apatzingán no es algo nuevo, sino que se recrudece por periodos y estamos en uno de ellos; me uno al sentimiento del pueblo que peregrina en esta Diócesis, ya que por momentos, no sabemos a quién gritar porque nadie escucha nuestros gritos y gemidos. E incluso sentimos la tentación de pensar que no somos escuchados ni por el mismo Dios.
En este ambiente donde se respira un aire de impotencia ante los problemas actuales, corremos el riesgo de caer en la “resignación”; de cruzarnos de brazos y pensar que todo está perdido. Los invito a que dejemos resonar en nuestro interior las palabras del Papa Francisco, cuando estuvo entre nosotros en Morelia, nos invitó a no caer en la tentación de la resignación: “una resignación que nos paraliza y nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar”.
Como Obispo de esta querida Diócesis de Apatzingán, los invito a no dejarnos vencer por la resignación y la indiferencia ante lo que nos acontece; hago un llamado a todos los sectores de la sociedad a desempeñar nuestro oficio como nos lo pide la justicia, la solidaridad y la fraternidad, es decir, con responsabilidad y coherencia. Comprometámonos por una sociedad más humana.
A mis hermanos agentes del crimen, del robo o de la extorción, los invito a que observen esta sociedad inmersa en el miedo y la zozobra. Los invito, no a que hagan tregua entre ustedes y baje la violencia, sino a que erradiquen de su corazón la maldad, no olviden que sus padres, hermanos, esposas, hijos y ustedes mismos, son o serán víctimas de este mundo que están generando. El bienestar no se consigue por ese camino que lleva a la destrucción y al caos; el bienestar lo alcanzamos de la mano de Jesucristo, el Príncipe de la paz; pido a Dios les toque el corazón y los reconduzca por el camino de la conversión.
También me quiero dirigir a ustedes que forman parte de instituciones que están para servir al pueblo; no permitan que la avaricia se adueñe de sus corazones, ya que es el caldo de cultivo para que la corrupción crezca y se expanda; no confíen en la impunidad, apuesten por la verdad y la coherencia, venzan el individualismo y trabajen por el bien común; sólo poniendo el bien común por encima del bien individual, podremos ser verdaderos servidores de nuestros pueblos, donde la haya, erradiquen la corrupción, busquen la transparencia para que todos los ciudadanos, podamos seguir creyendo en ustedes y florezca el sueño de una sociedad más humana.
Queridos hermanos todos, sigamos elevando nuestras fervorosas plegarias a Dios pidiendo por la paz, Dios sí nos escucha. No olvidemos que la paz no se logra con buenos deseos, sino que debemos comprometernos para ir , iglesias, lugares de trabajo, de recreación, etc. No expulsemos a Dios de nuestro mundo y vivamos como si Dios no existiera, ya que es Él, el que sostiene nuestra esperanza, y la esperanza es lo que nos motiva a ser fermento de amor en nuestra sociedad que muere lentamente; que muere, porque la estamos ultrajando y desangrando.
Vivamos el amor y la paz de la Navidad, volvamos a la sencillez del pesebre donde encontramos al recién nacido, Príncipe de la paz. Queriendo ser puente entre Dios y su pueblo, me pongo como siempre he estado a disposición de todos, de los más necesitados y sobre todo, de aquellos mis hermanos a quienes les urge encontrarse con la gracia y la misericordia de Dios, Padre de todos.
Con mi oración y bendición sobre ustedes. Les deseo ¡Feliz Navidad y un mejor Año Nuevo!.
+Cristóbal Ascencio García
Obispo de Apatzingán